sábado, 31 de enero de 2015

Dime que no

Al abrir la puerta del cuarto de baño dentro del balneario, un hombre le interceptó la salida. Descendió la vista por aquel torso musculoso del que gotas resbalaban y un anhelo sin igual de recoger cada círculo cristalino con su lengua la estremeció y la dejó sin aliento.
—Permiso —pidió con un hilo de voz.
Sin embargo, él no se movió ni un ápice y cuando quiso rodearlo, plantó ambas manos en el marco de la entrada, sin dejarla salir.
—Adentro —ordenó con tono autoritario y que no daba lugar a replicas.
—¿Perdón? —cuestionó, desconcertada.