jueves, 21 de febrero de 2013

Promesas silenciosas


Los nervios me sacudían, no podía mantener mis manos quietas. Con dedos sudorosos estrujaba el pequeño ramo. Ariel, mi futuro marido se veía resplandeciente, tenía el cabello, cortado a la última moda, siempre en el lugar y el impecable traje sin una sola arruga.
Anunciaron nuestros nombres. Era la hora señalada.
Nos apostamos delante del escritorio del juez de paz, el que aún no había ingresado a la sala. Las luces artificiales lastimaban mis ojos y la falta de ventanas me impedían el respirar. Debía dejar de mentirme, el ambiente no tenía nada que ver con el barullo de sensaciones que me poseían.

De pronto, un ser espectacular traspasó la puerta. Noté cómo las mujeres presentes en la estancia se volteaban y lo contemplaban con admiración. También vestía de oscuro, como Ariel, pero la postura era diferente, imponente, con cierta autosuficiencia plasmada en el andar, lento y confiado, casi gatuno. Mis ojos se abrieron de par en par, cuando el hombre de cabello negro como el azabache se detuvo del otro lado del escritorio, frente a nosotros. Y en el momento en que esos iris se clavaron en los míos, todo a mi alrededor se desdibujó. Solo estábamos él y yo. Los invitados habían desaparecido, ni siquiera estábamos ya en una oficina del Registro Civil. El contacto se perdió por un instante y la realidad me propinó un golpe certero en medio del pecho. ¡Iba a casarme! ¿Cómo había sucedido?
—Estamos aquí reunidos para celebrar la boda de Ariel Rodriguez y Magali Carrizo —anunció el juez, antes de tomar asiento y proseguir a la lectura el expediente que tenía sobre la superficie de madera.
Volvió a clavar los ojos en mí. ¡Dios, era un hombre impresionante! Mi corazón comenzó una intensa carrera, pero una diversa a la que se esperaría por la ansiedad de la boda a celebrarse, y muy parecida a cuando se vislumbra una fuente de deseo innegable.
Deslicé mi legua por mis labios resecos y la mirada oscura siguió el movimiento con atención. Una corriente eléctrica me recorrió en el acto y un sofocón me asaltó. No soportaba el ceñido vestido que me cortaba la respiración, ni el peinado en alto que me tiraba de los cabellos y mucho menos seguir sosteniendo el maldito ramo. Mire hacía mi novio, sentado a mi lado. ¿Cómo habíamos llegado allí? Retorné la vista al frente, él seguía fijo en mí, como si estuviera haciéndome la misma pregunta: ¿Cómo dejaste que llegaran tan lejos? ¿No ves lo que te pierdes? Parpadeé un par de veces y él ya no me contemplaba, la intensa mirada se había desviado.
—Voy a proceder a la lectura del acta matrimonial.
Tenía la voz ronca y profunda. Al escucharlo hablar sentí como se me estrujaban las entrañas, aunque un hambre muy distinta a la de la comida, me embargaba. ¿Por qué no había aparecido dos días antes? ¿Por qué perturbarme en el último segundo, cuando estaba ya todo digitado?
Hizo un alto en el discurso y elevó el rostro hacía mí. Era como si me transmitiera un mensaje que solo oíamos nosotros dos. Si continuaba observándome de aquel modo iba a necesitar un babero pronto, porque jamás un espécimen tan atractivo había sido captado por mi persona.
Súbitamente, pronunció una sola frase por lo bajo:
—No es tarde.
Ariel frunció el ceño.
—¿Tarde para qué?
Pero él no respondió, tan solo me contemplaba y mil palabras dichas sin ser articuladas. Yo asentí y le dedique una ojeada a mi novio desde hacía dos años. Era un hombre maravilloso, pero era demasiado. Necesitaba algo más terrenal, experimentar todas aquellas pasiones pecaminosas que disfrutan las criaturas más mundanas, no aquel manto rodeado de santidad en el que me había sumergido. Sin pensarlo dos veces eché a correr, sabiendo cuál era el nombre del atractivo juez y que volvería a hacerle cumplir cada una de las promesas silenciosas que me había realizado.




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